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Chapter 1La receta del señor Julián

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—No escribas nada todavía —dijo Tomás, con medio churro en la mano—. En cuanto saques el cuaderno, la señora Chen se cierra como una almeja. Elena dejó el bolígrafo sobre la servilleta de papel. El chocolate seguía espeso en la taza, con esa película fina que aparece cuando ya no quema. —Llevamos tres semanas viniendo y no hemos pasado del «buenos días». —Porque vienes con la libreta abierta —contestó él, y le dio un mordisco al churro—. La gente no te cuenta su vida si te ve apuntando. Primero se charla, después se pregunta. —Tomás, dos antropólogos toman churros en una churrería de chinos. Nadie va a sospechar de nuestras intenciones. —Eso crees tú. Ayer la hija me preguntó si éramos de la policía. Elena miró hacia el mostrador. La señora Chen sostenía con una mano la cesta de los churros y con la otra señalaba a su hijo, que sacaba brillo a la máquina del café. Un hombre con abrigo gris esperaba de pie, con la mirada puesta en la bandeja, sin decir nada. —Mira al del abrigo —murmuró Elena—. Viene, mira la freidora y se va. Dos veces esta semana. —Será un cliente fiel. —Un cliente fiel pide. Ese hombre no pide. El hijo se acercó con un vaso de plástico y un plato de papel. Sonrió sin mirarles, con una eficacia que ya habían visto en otras partes de la ciudad, y se marchó antes de que les diera tiempo a dar las gracias. —¿Se lo pregunto? —dijo Tomás, irguiéndose en la silla—. «Disculpe, ¿quién le enseñó a hacer churros?». Directo, sin rodeos. —Y adiós a la churrería. —Entonces pregúntale tú algo inofensivo. Algo de churros. De harina. De lo que sea. Elena giró la cabeza. La señora Chen estaba ahora sola, secándose las manos en el delantal, y la observaba con una tranquilidad que no era indiferencia. —¿Está bueno el chocolate? —preguntó Elena, en voz alta. La mujer no contestó enseguida. Se acercó despacio y apoyó una mano en el respaldo de la silla libre. —Es la receta del señor Julián —dijo, con un acento que alargaba las eses—. La compramos con la máquina. Los domingos viene y la prueba. Elena cerró el cuaderno y lo guardó en el bolso, debajo del abrigo. —¿Los domingos? —Los domingos —repitió la señora Chen, y volvió al mostrador. Tomás la miró por encima de su taza, esperando. Elena se acercó el chocolate, que ya se había enfriado, y bebió un trago largo. No dijo nada, pero tampoco sacó el bolígrafo.